Entrevista a Richard Dawkins

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Entrevista a Richard Dawkins

Richard Dawkins habla sobre evolución, ciencia, moral, poblaciones humanas…

La ciencia no es una varita mágica que nos da la verdad sobre el mundo. Seguramente, nunca podremos conocer la verdad sobre el mundo. Es más, seguramente la verdad no exista. La verdad no es más que una quimera.

La ciencia, sin embargo, se trata de una aproximación racional al mundo. Racional, contrastada y abierta a crítica. Eso hace que, aun sin darnos verdades absolutas, sea una forma fiable de conocimiento. Independientemente de si nos da la verdad sobre el mundo o no, es la mejor forma de aproximación al mismo que tenemos.

Por eso, la ciencia nos da información que no podemos obviar en nuestra vida real. Información que debemos tener en cuenta cuando realizamos juicios morales. A la mayoría de la gente no le gusta recordarlo, pero nosotros somos animales. Y todos los animales sentimos por igual. Piénsalo, actúa en consecuencia.

Lola

Lola estaba acostada junto a su bebé, su pequeño nacido hace apenas unos días. Le sentía cerca, durmiendo, seguro y confiado. Su olor, un olor a bebé dulce y delicado llegaba hasta su nariz y le parecía que nunca había olido nada igual. El calor de su cuerpecillo, pegado al de ella, tan frágil y vulnerable, que daban ganas de protegerle eternamente. Había otros bebés allí, pero ninguno le parecía tan hermoso como el suyo, su piel tan suave, su naricita rosada. Le miró dormir una vez más y una enorme paz la invadió.

Atrás quedaban los malos momentos. El parto, el miedo, los dolores. Era su primer hijo y, al principio, el pánico la había dominado. Fue en medio de la noche y estaba sola. Empezó a sentir los dolores y se asustó ¿qué era lo que iba a pasar? Hasta que, de repente, en un momento, había sabido qué hacer. Todo le había venido de repente, una sabiduría arcana y primordial, que han tenido las féminas desde el principio de los tiempos. Y a pesar de estar sola, todo había ido bien. En un momento su pequeño estaba junto a ella, viscoso y sucio, pero sano y salvo. Pronto llegaron aquellos hombres, que comprobaron que todo estaba bien; sí, parecía que todo había ido bien.

Atrás había quedado también el oscuro recuerdo de cuando se quedó embarazada. Aquel había sido un embarazo no deseado. Aquel hombre… no, mejor no recordarlo. La había obligado en contra de su voluntad y había sido horrible. Pero mejor no pensarlo ahora. Ahora tenía a su pequeño, y fuera como fuera, nadie iba a cambiar eso. A pesar de lo terrible de aquel recuerdo, era su hijo y era lo que más amaba en el mundo. Le quería de forma tan absoluta, que el resto de sus afectos parecían irrelevantes en comparación con lo que sentía por aquel pequeño.

Así, embargada por estos sentimientos, comenzó a quedarse dormida. Tenía a su bebé cerca, acababa de comer y también estaba dormido. Así, sus respiraciones se acompasaron y madre e hijo descansaron juntos. Hasta que, de repente, unas voces la despertaron. Era aquel hombre que cuidaba de todas ellas -que a veces podía ser amable y otras violento- acompañado de otro hombre y una niña. A la niña la había visto en algunas ocasiones, al otro hombre, nunca. La niña se acercó a mirar a su pequeño y a alguno de los otros bebés. Mientras, los hombres hablaban a los lejos, Lola no podía entender lo que decían, pero se dio cuenta de que parecían satisfechos de sí mismos. Sin saber la razón, un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Pasó en un momento que a ella se le hizo una eternidad. Aquellos hombres se acercaron y se llevaron a su pequeño. No importó lo que ella luchó y gritó, horrorizada intentaba desasirse de aquel hombre que la sujetaba mientras el otro se llevaba a su bebé. Su hijo, su vida entera. Gritó desesperada, pero de nada sirvieron sus gritos. Nadie vino a ayudarla. Tampoco los lloros de su pequeño tuvieron ningún efecto sobre aquellos hombres sin alma. El dolor parecía demasiado grande para poder ser soportado y le pareció volverse loca. Después, apenas podría recordar nada. Durante días, durante semanas y meses, el tiempo pasaría como en un sueño, en una eterna pesadilla en la que, una y otra vez, volvía a perder a su pequeño.

Mientras a ella la embargaba este sopor debido al sufrimiento, los hombres se alejaban con el bebé que no dejaba de llorar llamando a su madre. La niña, entonces, asustada ante la violencia de la situación, se acercó a uno de los hombres y le preguntó:

-Abuelo, ¿de verdad que nos lo tenemos que llevar?

-Sí hija- le contestó él

-Pero está llorando y su mamá…

-No digas tonterías -le dijo el abuelo- es sólo una vaca. Si queremos su leche no le podemos dejar al ternero, que se la bebería. Además, este señor nos lo ha comprado, y con él harán esos filetes que tanto te gustan. Ya verás tonta, como no pasa nada.

La niña avanzó en silencio, pensando que los filetes ya nunca le gustarían igual. Y su abuelo y el mundo le parecieron diferentes, porque no estaba bien separar a una mamá de su hijo; aunque ella fuera una vaca, y él, un ternero.

En defensa de la intolerancia

Como activista por la liberación animal, atea militante y demás peculiaridades ideológicas molestas para el personal, muchas veces en mi vida he sido calificada de “intolerante”. Estoy segura de no haber sido la única, a menudo se acusa a los activistas de pedir derechos para alguien -homosexuales, personas de color, mujeres, animales- pero no respetar otras posturas. Esto es visto como una incoherencia del movimiento en cuestión. La razón para ello es que se entiende que el respeto es siempre algo positivo y la intolerancia siempre algo negativo. Esta es una idea que merece ser examinada con algo más de atención.

Todo el mundo estará de acuerdo en que el respeto es un valor fundamental que debemos defender y potenciar. Para mí, al menos, lo es; pero ¿por qué entonces a veces soy “intolerante”? Personalmente creo que existe una confusión básica entre distintos ámbitos que hay que diferenciar cuando hablamos de respeto. Es necesaria entonces cierta clarificación de conceptos, si hablamos de respeto podemos referirnos a respeto hacia:

-un individuo

-sus ideas

-sus acciones

El problema, tal y como lo veo yo, proviene de la confusión entre estas distintas esferas.

Es el individuo el que merece un respeto sin condiciones. El individuo, como ser consciente y al que le importa lo que le pasa, debe ser protegido de las agresiones externas. De ahí, que exista algo llamado derechos, porque es a través de ellos que se protege al individuo. Es a causa de este respeto que la mayoría de nosotros estamos en contra de la pena de muerte, la tortura o la esclavitud. Esta excepcionalidad del individuo está recogida en casi todos los sistemas éticos occidentales, si bien es verdad que no en todos. Yo estoy absolutamente de acuerdo con este ámbito de respeto. Tanto, que promulgo que debe ser extendido no sólo a los humanos, sino a todos los animales.

Después vienen las ideas. Aquí es dónde comienza la confusión. ¿Merecen todas las ideas respeto? Para mí está claro que no. Podemos dividir las ideas en fácticas -nos dicen cosas acerca del mundo- y morales -nos dicen cosas acerca de cómo creemos que debe ser el mundo-. Hablemos de las fácticas. Si viene alguien y me dice que la Tierra es plana, lo siento, pero me está diciendo una tontería. Seguiré teniendo que respetar a esa persona como individuo, es decir, no le mandaré a la hoguera por creer una tontería; pero su idea no me merece ningún respeto, porque ya los griegos sabían que la Tierra tiene forma esférica. Y mira que ha llovido desde entonces…

Es verdad que la ciencia se confunde y va cambiando sus posturas a lo largo de la historia; no seré yo quien afirme que nos da la verdad absoluta, pero sí nos da razones inter-subjetivas para aceptar las teorías que nos presenta. Por eso, creo que la ciencia es la mejor clase de conocimiento y la acepto como criterio para valorar las afirmaciones sobre el mundo. A lo mejor la teoría de la evolución no es correcta, pero me da muchos más argumentos racionales y pruebas empíricas para defenderla que el creacionismo, que se basa en la fe. Por ello, si viene alguien y me defiende el creacionismo, posiblemente le diga que es una estupidez, porque no tiene ninguna base racional que lo sostenga. A lo mejor se ofende, pero no es culpa mía que crea tonterías.

Tenemos además las ideas morales, que nos dicen cómo creemos que debe ser el mundo, y que suelen ser aquello que nos conduce a la hora de actuar. ¿Son las ideas morales y los actos que de ellas se desprenden siempre merecedoras de respeto? Si un nazi mata de una paliza a un negro porque le considera inferior ¿es eso respetable? Los talibanes que lapidan a mujeres inocentes ¿lo respetas? Personalmente opino que hay unos valores universales, en tanto que son racionales, y que toda acción o creencia que vaya en contra de ellos, no es respetable. Todo aquello que vaya contra la igualdad, el respeto al individuo, la libertad, el avance de la cultura; yo no lo respeto.

Sí, es verdad, soy una intolerante. Porque hay cosas que no se deben tolerar, es nuestro deber moral enfrentarnos a aquello que le hace mal a los demás. De esta forma, respeto a los individuos, nunca voy a pedir, la muerte o tortura de alguien con quien no estoy de acuerdo. Incluso defenderé su derecho a la libertad de expresión. Pero sus ideas, sus actos, cuando vayan en contra de los ideales en los que creo, no los voy a respetar. Porque hay que ser intolerante con el odio, con el asesinato, con la explotación, con la esclavitud.

La idea de que todo merece respeto, porque -en el fondo- todo vale lo mismo, no es más que una idea posmoderna al servicio del capital, que te quiere sumisa, conformista y pasiva. No todo vale lo mismo, no todas las ideas merecen el mismo respeto. Las personas que han cambiado el mundo siempre han sido intolerantes: no han aceptado el racismo, ni el machismo, ni el clasismo. Porque además todas estas ideas cargadas de ignorancia y desigualdad no son inocentes, son constructos ideológicos que intentan perpetuar cierto status quo. El creacionismo intenta mantener el poder del estamento religioso en un mundo cada vez más laico. El machismo intenta mantener la dominación tradicional del hombre sobre la mujer. El especismo, justificar la explotación del resto de especies animales por parte del ser humano.

Así que la próxima vez que me digan “Respeto tu veganismo, respeta tú mi opción”, mi respuesta será la misma de siempre: “tu opción no es respetable”. Porque el especismo no tiene ninguna base científica, porque va en contra de los ideales de igualdad y libertad, porque condena a una vida de miseria, esclavitud y muerte a millones de animales cada día. Así que no, no me vas a convencer de que respete el especismo. A pesar de lo que diga el “pensamiento posmoderno”, hay cosas que están bien y cosas que están mal. La explotación, sufrimiento y asesinato de seres inocentes, siempre estarán mal. El veganismo no es una simple opción, es la respuesta ética a una situación de desigualdad y dominación instaurada a lo largo de los siglos. A partir de aquí es decisión de cada una: o estás del lado de los oprimidos, o del lado de los opresores. Tan simple como eso.

un animal ilustrado: declaración de intenciones

Mi madre siempre dice que lo más importante es la educación, así que antes de avanzar más, tal vez sea necesaria una pequeña introducción. Me presento ante vosotros con el nombre de “Animal ilustrado”, con ello -con este nombre- quiero llamar la atención sobre dos cosas. Primero, un hecho básico, los humanos somos animales, una especie animal entre otras. Segundo, una declaración de principios: los ilustrados. Por ello, hoy quisiera hablar sobre la Ilustración.

La Ilustración recibe su nombre en referencia a la identificación clásica de razón y luz, presentándose como algo que ilumina. El siglo XVII era un sitio difícil para vivir: plagas, enfermedades, pobreza, absolutismo, ausencia total de libertad, política, religiosa, sexual… Y en este ambiente, surgió la Ilustración: pensadores que creyeron que otro mundo era posible. Pensadores que desafiaron la creencia ancestral de que todo estaba determinado para siempre. Nuestras normas, nuestras leyes, nuestros gobiernos, no reciben su fuerza de dios o de la tradición; somos nosotros los que decidimos. Los ilustrados quieren aportar luz, sacar a la humanidad de la oscuridad.

Para ellos estaba claro cuál era el problema, aquello que había llevado a la humanidad a vivir en sociedades crueles e injustas. Los ilustrados sabían contra qué debían luchar, quién era su enemigo: la ignorancia. Los prejuicios, la superstición, las religiones, la tradición. Los problemas de nuestro mundo tienen su raíz en el estado de ignorancia en el que vivimos. Pero los ilustrados creían en el progreso, creían que el cambio es posible y que ellos podían hacer algo para llevar a cabo ese cambio: la solución está en la razón. Pensemos, cuestionemos, argumentemos y no estaremos más bajo el control de otros.

Atrévete a pensar” era, según Kant, el lema de la Ilustración. No te conformes con lo establecido, con lo que te han dicho, con la tradición; cuestionalo todo. Cuestionar todo y quedarse con aquello que se sostenga racionalmente, en eso consiste la duda metódica de Descartes, que se puede considerar el punto de arranque filosófico de este movimiento. Las injusticias se mantienen por acatar la autoridad, por los prejuicios, las mentiras de monarcas, gobernantes y religiones, que mantienen al pueblo en la ignorancia. Pero si somos capaces de hacer que la gente piense por sí misma, todas esas mentiras perderán poder. Querían que los siervos se convirtieran en ciudadanos; que las personas salieran de la minoría de edad, que fueran capaces de guiarse a sí mismas.

Hoy, siglos después, podría decirse que la Ilustración todavía no ha cumplido sus objetivos, sigue habiendo prejuicios, supersticiones, falsos ídolos brillantes. Algunos dicen incluso que fracasó, dicen que una mayor racionalización no fue capaz de prevenir, por ejemplo, los campos de concentración del siglo XX, que tuvieron lugar en la época más educada de la historia. Es cierto, los campos de concentración suponen una racionalización en la forma de matar. Eficiencia asesina, podríamos llamarlo. Algo hay de verdad en esa afirmación, no todos los usos de la razón suponen un avance para la humanidad.

Sin embargo, que haya malos usos de la razón no invalida la premisa ilustrada: la mejora del mundo pasa por cuestionarse lo establecido, por poner en duda, por no aceptar lo establecido o lo tradicional sin una crítica previa. De aquí han salido todos los movimientos de liberación de los últimos siglos: aquellos que cuestionaron que los negros eran inferiores a los blancos, los que pusieron en duda que el lugar de la mujer estuviera en la casa, los que negaron que la homosexualidad sea una aberración, un pecado, o una enfermedad. Los movimientos mencionados no han conseguido aun los objetivos que buscan: racismo, machismo o homofobia no son, desgraciadamente, fantasmas del pasado. Para que la Ilustración se cumpla hemos de avanzar en la universalidad de derechos y la igualdad ante la ley de todos y todas.

Estos movimientos de liberación no fueron comenzados por los autores ilustrados, pero el germen de su nacimiento estuvo en la Ilustración, que argumentó a favor del progreso, del cambio, de la crítica racional de lo establecido. Cuyos valores fueron la igualdad, la universalidad, el conocimiento racional. La raíz de estos movimientos está en la Ilustración. Y el cumplimiento de la misma está en ellos. Pero sólo con ellos no será suficiente. Los valores de igualdad y universalidad que defendían los ilustrados, para ser reales, han de extenderse a todos los seres que los necesitan. Todo aquel que sufra, que esté desamparado, ha de estar protegido por medio de derechos. Por eso han existido movimientos de liberación en los últimos siglos, y por eso existe un movimiento de derechos animales. Todos los animales merecemos derechos, porque todos los animales los necesitamos.

De esta forma, el movimiento de liberación animal es parte integrante de la corriente ilustrada. Creemos que el mundo, las sociedades humanas, pueden avanzar moralmente. Creemos que podemos ser mejores, más éticos, más empáticos. La ciencia nos dice que los humanos también somos animales y que todos los animales sentimos por igual. El dolor de una vaca es igual a mi dolor, también lo son su capacidad de disfrutar y amar ¿por qué ha de valer más el mío que el suyo? Si ambas somos animales, si ambas sentimos emociones ¿no deberíamos ser igualmente consideradas?

Yo os diré en una palabra la causa de esta injusta diferencia: especismo. No somos igualmente consideradas porque vivimos en un mundo cargado de prejuicios, porque el especismo se encuentra hasta en la más simple de nuestras expresiones culturales. La explotación de inocentes siempre necesita una ideología que la sostenga, es así con los humanos, y es así con los animales no humanos. Si queremos que acabe la explotación, hemos de luchar contra la ideología que la sostiene. Y si queremos ser realmente libres, hemos de luchar contra la explotación, sea contra quien sea. Mientras seamos prisioneros del prejuicio especista, también nosotros seremos opresores.

Para mí, ambas luchas están irremediablemente unidas. La Ilustración, para cumplirse, necesita que los animales sean liberados, porque sin su liberación los ideales ilustrados serán traicionados. Universalidad, igualdad y libertad sólo tienen sentido si aplican a todos los seres para quienes son relevantes. La liberación animal necesita de la lucha contra la irracionalidad, porque en ella se hace fuerte el especismo. Allí donde haya prejuicios, supersticiones, creencias ciegas, seguirá habiendo desigualdad y opresión. Por eso, este blog nace con la intención de tratar ambos temas, que son, a mi parecer, inseparables.

La oscuridad en la que viven los animales en los centros de explotación es literal: hacinados en lúgubres habitáculos, privados casi siempre de la luz del sol. La oscuridad en la que vivimos los humanos es metafórica: cegados por las falsas creencias, incapaces de ver el enorme sufrimiento a nuestro alrededor. Sin embargo su consecuencia es la misma: el enorme sufrimiento de los animales no humanos. Nuestra lucha es contra ambas, porque sólo así conseguiremos su liberación.

Se lo debo a Roger

Mi historia, como la de Alicia en el país de las maravillas, empieza siguiendo a un conejo blanco. Un conejo blanco, de nariz y orejas rosas. Un conejo pequeño, apenas un bebé. Un ser al que nadie puso nombre, que nunca pudo saltar entre la maleza, como el del cuento de Alicia. Un bebé muerto prematuramente. Un bebé asesinado, no sé cómo, nunca lo sabré; pero cuya muerte fue injusta. Toda muerte causada por la explotación es injusta.

Su cuerpo llegó a mí en un acto de derechos animales. Era una mañana nublada y fría. Los activistas nos juntábamos en grupos, nos quejábamos del frío soplándonos las puntas de los dedos, nos dábamos ánimos. Estábamos algo asustados, sabíamos que estábamos a punto de ponernos a prueba, sabíamos que sería duro. O creíamos saberlo: yo nunca habría imaginado cuán intensamente iba a afectarme la experiencia. Cientos de personas sujetaríamos, cada una, el cadáver de un animal explotado. En silencio. Dejando que su dolor y su muerte hablaran por sí mismas.

Recuerdo el frío intenso mientras esperaba que me trajeran el animal que sostendría. Recuerdo las campanas de Puerta del Sol. Las miradas entre nosotros, un poco ansiosos. Marcel a mi lado. Silvia un poco más allá. Y el silencio.

Y entonces lo trajeron. Era pequeño y delicado. Era hermoso. Me pregunté por su muerte, por su vida. No sabía de dónde había salido su cuerpo sin vida. Sin duda, del contenedor de algún centro de explotación, donde había sido arrojado como una basura. Basura, aquel animal hermoso. Pero no sabía nada más, si de una granja, si de un laboratorio… un escalofrío de terror recorrió mi espalda. A qué torturas habría sido sometido aquel cuerpecillo frágil.

Escuchaba, como de lejos, a Marcel, que me decía “Fayna, no lo mires. No lo mires o no lo aguantarás”. Respiré hondo y miré al frente. Era la primera vez que miraba a mi alrededor desde que lo tenía en mis manos. Vi llorar a Araceli, vi llorar a Luna. Volví a mirar al pequeño sin vida en mis manos: sentí como las lágrimas caían por mis mejillas. Me escuché sollozar. Y así, de repente, el mundo entero desapareció.

Desapareció el frío, la gente, los coches. Sentía mi cuerpo temblar, lejos de mí, como algo extraño. Sólo existía él, en mis manos, su cuerpo sin vida. Su vida arrebatada injustamente. Una vida doblemente robada: primero cuando no le dejaron disfrutar de ella, después cuando le llevaron a la muerte. Su nariz rosa, su pelo blanco. Sus ganas de vivir. Todo en vano.

El mundo se borró y sólo existíamos él y yo. Yo, que no podía con tanto sufrimiento, que no podía con la futilidad de su muerte. De todas sus muertes: la de él, sus hermanos, la de todos los inocentes… y yo sólo podía decirle que lo sentía. Que sentía haber llegado tarde, que habíamos llegado tarde. Le explicaba en susurros que hacíamos lo que podíamos, pero que luchábamos contra algo demasiado grande. Le explicaba que éramos como David contra Goliat y que era difícil, que el cambio era lento.

Pero yo sabía que no era suficiente. Yo sabía que le habíamos fallado, porque sólo nos tenía a nosotros, y ahora estaba ahí, en una plaza fría, en una mañana oscura, muerto. Una vez más habíamos llegado tarde. Y seguiríamos llegando tarde, una y otra vez. Y me superó tanto dolor, tanta muerte. Y lloraba abrazada a él, que ahora era parte de mí, que era un amigo al que ya nunca podría olvidar.

No sé cuánto tiempo pasamos así. A veces venían mis compañeros de la organización a preguntar si estaba bien, si quería dejarlo, si me quería sentar. Gracias compañeros. No, no estaba bien, pero no podía dejarlo, no me podía sentar. Estaba allí por él. Por él y por otros, pero sobre todo por él. Porque nadie le trató nunca como un individuo, porque nadie tuvo en cuenta sus intereses. Porque a nadie le importó su muerte, yo tenía que quedarme allí. Porque a mí sí me importaba. Su muerte fue una tragedia y sólo yo se lo podía contar al mundo.

Los humanos le ponemos nombre a los seres que nos importan. Por eso, los animales provenientes de la explotación nunca tienen nombre. Porque para los explotadores ellos no son individuos. Por eso, aquel pequeño merecía un nombre. En susurros le dije que le llamaría Roger. Aunque ya estuviera muerto, aunque al mundo no le importara. Un nombre que recordara lo injusto de su muerte, lo cruel del sistema que le explotó toda su corta existencia.

Roger quería vivir y le arrebataron su vida; porque era una ser único e irrepetible, su muerte fue una tragedia. Los humanos le matamos: unos buscando su interés, otros por pasividad, algunos -los menos- porque llegamos demasiado tarde. Yo estaba allí, para dejar constancia de esta tragedia. Era todo lo que podía hacer, abrazada a su cuerpo frío, en una mañana invernal.

Las palabras del discurso Sharon me hicieron mirar a mi alrededor. Cientos de activistas sostenían emocionados animales sin vida. Cientos de activistas empeñados en que el mundo puede ser distinto, que puede ser mejor. Y me sentí menos sola. Sentí que había esperanza. Es verdad que hay muchos a los que no podremos salvar, pero no daremos ni un paso atrás. Estamos aquí para luchar por ellos y no abandonaremos nuestra lucha.

Yo no pude hacer nada por Roger, pero él me cambió la vida. Así de injusto es este mundo. Nunca le olvidaré. Nunca olvidaré que no pude salvarle. Mi pequeño Roger, que era blanco con la nariz rosa, pequeño y delicado, que era único en el mundo. Mi pequeño Roger, lo siento, perdóname, perdónanos. Te prometo que nunca abandonaré la lucha. Te prometo que lo intentaré cada día un poco más. Ya nada será igual. Porque un mundo nuevo es posible y no podemos demorar su llegada. Decidí entonces empezar este blog: escribir, pensar, argumentar… No puede ser de otra manera: se lo debo a Roger.

Día Internacional por los Derechos Animales - 10 diciembre 2011